El otro día, hablando con mi esposa sobre mi madre, le contaba que, por alguna razón desconocida, ella no recuerda casi nada de lo que vivió y a duras penas sabe su nombre… y el nombre de su hijo mayor; es decir, yo.
Hace sólo unos años, mi mamá ya venía sufriendo de esa enfermedad que le borra a uno todo lo vivido (como si hubiese sido prestado). Pero aún en esos días, uno la saludaba y, aunque no lo reconociera, ella devolvía el saludo con una euforia tal que hasta sospechosa parecía… Era la época en la que comenzó a inventarse una cantidad de historias que, si yo no supiera de primera mano que no sucedieron, me las habría creído. Por ejemplo, decía que hizo “un curso completo de karate”, que lanzaba “patadas voladoras” y que poseía muchas habilidades más. En realidad, esas historias eran el umbral hacia el olvido total.
Pero ella no siempre fue así, lógicamente. Cuando gozaba de todas (o casi todas) sus facultades mentales, decidió irse para Venezuela, seducida por las historias contadas por sus familiares que venían de allá y también empujada por la difícil situación laboral en nuestro país.
Analizando los hechos y siendo muy objetivo, he concluido que mi madre no me olvida a pesar de su enfermedad porque era conmigo que ella compartía sus dichas y penas; y en quien ella se apoyaba para cualquier acción que quisiera llevar a cabo. Pero aún así mi hermano le pregunta (estando yo ahí mismo con ellos): "Mami, ¿Cuánto hace que no ves a Javier? y ella le responde "UFFFF" porque según ella hace muchísimo tiempo...
En aquellos tiempos, quien iba a Venezuela regresaba contando historias tan increíbles que quienes las escuchábamos quedábamos genuinamente impactados. Mi madre fue y vino de Venezuela una cantidad indeterminada de veces. Pero en una ocasión pasó esto que te voy a compartir a continuación:
La razón por la que mi madre se fue para otro país fue, esencialmente, la imposibilidad de seguir viviendo con mi padre, quien la maltrataba de una manera que no quisiera recordar… Aquí quedamos sus hijos, comandados por mí, que era el mayor y “el más sensato”, según me dijo ella la primera vez que partió. Pero nosotros ya no éramos unos niños, ni mucho menos, y tuvimos algunos problemas de entendimiento. Mis dos hermanos menores terminaron en el nuevo hogar que mi padre había creado.
Así que yo me mudé aparte con otro de mis hermanos y con una joven con la que había decidido compartir el resto de mi vida.
Yo estudiaba de noche y trabajaba de día. Mi trabajo era de vendedor, viajando por varios pueblos cercanos a Barranquilla; es decir, no era probable que yo anduviera vagando por ahí sin rumbo fijo.
Mi madre hacía algún tiempo que no se comunicaba conmigo por varias razones, pero la principal era que en esa época las comunicaciones no eran tan fáciles como lo son hoy. Por esa razón, ella desconocía la nueva dirección donde podía localizarnos. Pero eso no la detuvo.
Llegó a Barranquilla tarde en la noche y, temprano, salió a la puerta del hotel diciéndose: “Por aquí tiene que pasar Javier” (así me llamaban dentro de mi familia, aunque mi primer nombre es Camilo).
Ella me cuenta que no llevaba ni media hora esperando cuando me vio venir a lo lejos y, al pasar cerca de ella, me llamó… ¡Vaya sorpresa! Ahí estaba, con una sonrisa infinita de satisfacción, al comprobar que Dios no la había abandonado. Ya pensando con "cabeza fría" yo la "regañé" por haber tomado esa decisión de venirse sin saber cómo me localizaría y ella me dijo completamente convencida: "Yo sabía que tú ibas a pasar por aquí".
Si esto no es una prueba contundente de lo que es la fe, no sé qué lo será.